Durante años, en Colombia se habló de “las FARC” como si se tratara de un solo cuerpo, una estructura vertical con mando claro y estrategia unificada. Esa idea hoy es, en el mejor de los casos, una simplificación; en el peor, un error que distorsiona la comprensión del conflicto actual. La relación entre las disidencias que operan en Inírida y las que hacen presencia en el Catatumbo es un buen ejemplo de esa nueva realidad: conexiones sí, pero lejos de una organización monolítica.
Tras el Acuerdo de Paz de 2016, lo que quedó no fue una guerrilla cohesionada sino una constelación de estructuras armadas que comparten origen, símbolos y economías ilegales, pero no necesariamente obedecen a un mismo mando. En ese escenario, Inírida en la periferia amazónica funciona como retaguardia estratégica: control territorial más estable, menor presión estatal y conexión con corredores internacionales. Catatumbo, en cambio, es frontera viva: disputa constante, economías ilícitas en competencia y presencia simultánea de múltiples actores armados.
¿Dónde se cruzan? En la lógica de red. Algunas de estas estructuras se agrupan bajo etiquetas como el llamado “Estado Mayor Central”, lo que sugiere cierto grado de coordinación. Esto puede traducirse en circulación de hombres, alineación en economías ilegales o coincidencias estratégicas. Pero esa relación es más parecida a una federación flexible que a un ejército disciplinado. No hay una cadena de mando que conecte de manera directa y permanente a Inírida con Catatumbo; lo que existe es una afinidad operativa que se activa cuando conviene.
Entender esto es clave porque cambia la lectura del poder. Inírida no “dirige” necesariamente lo que ocurre en Catatumbo, pero sí puede influir en dinámicas más amplias: rutas, financiamiento, incluso narrativas. Catatumbo, por su parte, no es una extensión de la Amazonía armada, sino un territorio donde esas redes intentan expandirse o posicionarse en medio de disputas locales.
El error frecuente y peligroso es asumir que todo responde a un mismo centro de decisión. Esa mirada lleva a sobredimensionar capacidades o, por el contrario, a subestimar fracturas internas que son clave para cualquier análisis serio de seguridad o derechos humanos.
Hoy, más que hablar de “las FARC” en singular, habría que hablar de ecosistemas armados con raíces comunes y comportamientos divergentes. Entre Inírida y Catatumbo no hay una línea de mando clara, pero sí hilos invisibles que conectan intereses, economías y, en ocasiones, estrategias. Es en esos hilos y no en las viejas estructuras donde se está jugando realmente el conflicto
Hoy, más que hablar de “las FARC” en singular, Colombia enfrenta un entramado de estructuras armadas que operan como redes, no como ejércitos. Entre Inírida y Catatumbo no hay una línea de mando clara, pero sí conexiones suficientes para incidir en territorios lejanos entre sí.
Seguir analizando el conflicto con categorías del pasado no solo es un error conceptual: es un riesgo real para las comunidades y para quienes hacen incidencia en derechos humanos. Porque mientras el país cree estar frente a un solo actor, en realidad enfrenta múltiples poderes armados que se adaptan, se reconfiguran y actúan bajo lógicas que el Estado aún no termina de comprender.
Autor:
Representante Legal, Director General y Miembro de la Junta Directiva - CORPOVIMADH.
Fecha de Publicación: 01 de Marzo de 2026.
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