El 17 de febrero, en Barrancabermeja, se presentará un informe que obliga a mirar de frente lo que preferimos no ver. Existe una idea cómoda y peligrosamente extendida sobre el conflicto armado: que solo existe cuando se oye, cuando hay combates, tomas armadas o cifras escandalosas ocupando titulares nacionales.
El informe especial “Magdalena Medio y Catatumbo 2025”, elaborado por CORPOVIMADH, desmonta esa comodidad con una afirmación inquietante: en 2025 la violencia fue silenciosa, selectiva y persistente.
Esa caracterización, aunque suene técnica y distante, describe una tragedia cotidiana: un conflicto que aprendió a susurrar mientras consolidaba control territorial y reducía su visibilidad pública.
El documento sostiene que Barrancabermeja y el Magdalena Medio no son escenarios aislados, sino un nodo estratégico articulado con el corredor que conecta estos territorios con el Catatumbo. No se trata de dos conflictos distintos ni de dinámicas independientes, sino de una misma estructura regional que se adapta, se desplaza y se reproduce según presiones armadas.
El corredor Catatumbo–Magdalena Medio no es una ruta fija ni una línea trazada en mapas oficiales, sino un sistema flexible de municipios, zonas rurales, tramos fluviales y nodos urbanos. En términos sencillos, el conflicto no necesita una carretera única para moverse; le basta una geografía porosa, economías ilícitas activas y un Estado fragmentado territorialmente.
Durante 2025, según el informe, se consolidó una lógica de coexistencia funcional entre actores armados ilegales y estructuras criminales con intereses económicos convergentes. Hubo disputas focalizadas y acuerdos tácitos que redujeron la confrontación abierta, privilegiando estabilidad territorial para proteger economías ilícitas y minimizar atención institucional.
Ese detalle debería alarmarnos más que cualquier combate visible o enfrentamiento armado esporádico que capture titulares por algunas horas. Cuando los actores violentos dejan de pelear entre sí, no es porque se volvieron pacíficos, sino porque encontraron un equilibrio rentable.
El informe identifica presencia e incidencia de ELN, AGC, estructuras residuales de antiguas FARC y redes de delincuencia organizada urbana.
Aquí aparece un concepto central que atraviesa todo el análisis: gobernanza criminal como forma estable de administración del territorio y la vida cotidiana.
No es solo violencia episódica; es administración sistemática del miedo, regulación social informal y sustitución progresiva de la autoridad legítima del Estado. Se trata de reglas no escritas que regulan horarios, movilidad, participación comunitaria, actividades económicas y relaciones sociales dentro de barrios y veredas. No se publican en un bando ni se anuncian por altavoz; se transmiten mediante rumores y memoria colectiva de lo que ocurre cuando alguien desobedece.
La violencia selectiva cumple una función clara: no busca masacrar indiscriminadamente, busca enviar mensajes ejemplarizantes a comunidades enteras. Un homicidio puntual o un atentado dirigido puede producir meses de silencio, retraimiento social y desarticulación comunitaria sin escaladas posteriores de violencia masiva.
Las amenazas se convirtieron en una de las violaciones más extendidas, con alto subregistro estructural por temor fundado a represalias y desconfianza institucional. El miedo no solo daña física y psicológicamente; también borra cifras oficiales, historias comunitarias y responsabilidades estatales que quedan invisibilizadas. El desplazamiento forzado adoptó una forma particularmente cruel: baja visibilidad y fragmentación progresiva de los núcleos familiares afectados.
Familias que se van sin alertas masivas, que se mueven dentro de la misma ciudad o hacia municipios cercanos, huyendo silenciosamente para proteger su vida. Quedan atrapadas en la estadística difusa de lo intraurbano o intrarregional, donde la ausencia de grandes cifras no significa ausencia de sufrimiento.
En zonas rurales del Magdalena Medio, el control se expresa mediante confinamientos y restricciones informales a la movilidad comunitaria cotidiana. Limitaciones para acceder a mercados, salud y educación, sin necesidad de retenes visibles ni presencia armada permanente y explícita. Basta la certeza compartida de que cruzar cierta zona o salir a cierta hora puede costar la vida. Ese es el verdadero significado de la normalización del conflicto: ajustar rutinas, silencios y decisiones cotidianas para sobrevivir dentro de un orden impuesto.
El informe subraya impactos diferenciados en mujeres, niños, niñas y adolescentes que crecen en entornos controlados por economías ilícitas. Crecen donde actores armados y estructuras criminales se vuelven parte del paisaje, incrementando riesgos de vinculación, utilización y abandono escolar.
Especialmente grave es la presión constante sobre liderazgos sociales y personas defensoras de derechos humanos en estos territorios estratégicos. Estigmatización, amenazas y violencia selectiva se utilizan para limitar denuncia pública, visibilización y organización comunitaria autónoma. Cuando se silencia a quien denuncia, se silencia también a comunidades enteras que pierden vocería y capacidad de incidencia.
El informe también advierte una dimensión regional y transnacional del fenómeno, vinculada a cadenas internacionales de narcotráfico y financiamiento ilícito. Redes internacionales influyen indirectamente mediante compra, financiamiento y articulación logística, elevando el valor estratégico del corredor territorial. Un conflicto que se financia mejor no necesita disparar tanto ni exponerse a confrontaciones armadas abiertas. Necesita controlar más, regular mejor y asegurar estabilidad territorial para garantizar flujo continuo de economías ilícitas.
En 2025, controlar significó gobernar barrios, comunas y caminos mediante autoridad paralela que desplaza progresivamente la institucionalidad formal. Esa erosión institucional no siempre aparece en noticieros nacionales, pero destruye lentamente confianza social y fundamentos del Estado de derecho.
Frente a este panorama, la respuesta institucional fue fragmentada, predominantemente reactiva y con limitada capacidad de transformación estructural. Las Alertas Tempranas existieron y advirtieron riesgos reiterados, pero la brecha entre advertencias y acciones preventivas integrales se mantuvo. Esa brecha no es un detalle administrativo; es un factor que incide directamente en vidas humanas.
En Barrancabermeja, la institucionalidad se concentró en atender hechos ya consumados, sin desmontar mecanismos cotidianos de control territorial. En lo rural, la presencia estatal fue intermitente y limitada, facilitando confinamientos y restricciones prolongadas sin respuesta integral sostenida. En materia de protección a liderazgos, muchas medidas resultaron descontextualizadas frente a la complejidad regional del corredor estratégico.
Las recomendaciones insisten en un enfoque preventivo, territorial y regional que supere respuestas exclusivamente reactivas y fragmentadas. Plantean implementar Alertas Tempranas con planes integrales, presencia civil sostenida y coordinación interinstitucional efectiva en zonas priorizadas. Proponen fortalecer investigación y judicialización sobre amenazas, violencia selectiva y desplazamiento silencioso que hoy permanecen con alta impunidad. También subrayan protección colectiva, fortalecimiento del tejido social y participación comunitaria como ejes centrales de prevención.
El informe concluye que las violaciones no son coyunturales ni aisladas, sino estructurales y sostenidas por control territorial y economías ilícitas persistentes. El conflicto puede reducir su visibilidad pública, pero no reduce por ello su impacto profundo sobre derechos humanos en la región.
En Colombia solemos medir el conflicto por su estruendo, por la magnitud de explosiones o número de combates registrados.
Este informe nos obliga a medirlo también por su silencio, por la autocensura y el miedo cotidiano.
En Barrancabermeja, el silencio no es tranquilidad, sino adaptación forzada a reglas no escritas y a un orden impuesto. Por eso, la presentación del 17 de febrero a las 2:00 p. m. en Barrancabermeja no debería ser un evento más en la agenda local. Debería ser un punto de quiebre para repensar cómo entendemos y enfrentamos el conflicto regional.
No porque un informe cambie realidades por sí solo, sino porque pone en palabras lo que muchos viven sin poder decir y porque, al hacerlo públicamente, incomoda a quienes prefieren medir la violencia solo por su ruido.
Un país que no escucha los susurros del conflicto termina despertando nuevamente con los gritos de tragedias anunciadas.
Este informe no es simplemente noticia coyuntural ni documento técnico más para archivar en bibliotecas institucionales. Es advertencia clara y fundamentada sobre dinámicas que continúan vigentes en territorios estratégicos.
Lo que hagamos, o dejemos de hacer, después de escucharlo, medirá nuestra responsabilidad colectiva frente a esos territorios.
Autor:
Representante Legal , Director General y Miembro de la Junta Directiva - CORPOVIMADH.
Fecha de Publicación: 14 de Febrero de 2026.
No puedes copiar el contenido de esta página